¿Ver para creer…?

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Editorial

Es prácticamente imposible eludir el tema de la pandemia del Coronavirus, que sigue afligiendo a todo el mundo y en medio de este confuso y complejo ambiente hay ciertas realidades que parecieran contradecirse.
Según los más recientes datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Chile figura en el primer lugar entre los países que vacunan más rápidamente a nivel internacional.
Hace muy poco, era Israel el que más rápido vacunaba, con promedio de 1,03 dosis diarias por cada 100 mil habitantes, pero ahora Chile registró un promedio de 1,08 y supera ya los cinco millones de personas vacunadas, lo que representa a más del 21% de su población total.
Pero, para numerosas personas -la mayoría de las cuales parece no haberse informado adecuadamente- este escenario se contrapondría con la cantidad creciente de contagios y por estos días los índices de alarma y preocupación inundan los medios de comunicación y, muy particularmente, las no poco controvertidas redes sociales.
Hay gente que se dejan influenciar por algunas declaraciones de supuestos “expertos” que se empeñan en “atornillar al revés” y otros más absurdamente extremistas que incluso niegan la existencia del Coronavirus, planteando que “todo forma parte de la famosa “plandemia”.
Se trata, por cierto, de personas absolutamente mal informadas que “nadan contra la corriente” y perjudican a la comunidad, incitando -por ejemplo- a sus vecinos y familiares, a no vacunarse alegando que habría un “complot internacional” para alterar el ADN de quienes reciban la inoculación.
Una señal notoria de su ignorancia se advierte cuando plantean su desconfianza ante las vacunas, diciendo que tienen apenas poco más de un año de estudios, en circunstancias que las tareas científicas y concretas en esta materia datan de 2012 cuando aparecieron los primeros Coronavirus en el continente asiático.
Como insinúa el título de nuestra editorial de hoy, según Santo Tomás de Aquino, la existencia de Dios es un conocimiento natural en el ser humano, al que puede llegar con el uso adecuado y lógico de su razón, incluso sin haber conocido la revelación cristiana, ni haber realizado un acto de fe… La razón precede a la fe y la filosofía a la teología.