Linarense de nacimiento, arquero por vocación y símbolo de lealtad a su tierra, dedicó toda su carrera profesional a defender el arco de Lister Rossel y Deportes Linares.
POR HÉCTOR ORELLANA ABACA
LINARES. El fútbol suele estar lleno de historias de grandes figuras que recorren muchos clubes y estadios. Pero también existen relatos profundamente humanos, de esos que nacen en una cancha de barrio y que se quedan para siempre en el corazón de una ciudad.
La historia de Luis Tapia es una de ellas. Linarense de nacimiento, arquero por vocación y símbolo de lealtad a su tierra, dedicó toda su carrera profesional a defender el arco de Lister Rossel y Deportes Linares. Allí creció como jugador, como persona y como referente para generaciones de hinchas que lo vieron atajar con valentía y orgullo.
Su nombre quedó grabado para siempre en la memoria del fútbol chileno el 20 de junio de 1981, cuando protagonizó una de esas jugadas que parecen sacadas de un sueño: un gol de arco a arco, un momento mágico e irrepetible que hizo estallar de emoción a los hinchas y que lo instaló en la historia grande del deporte. Pero más allá de ese instante inolvidable, la trayectoria de Tapia está hecha de sacrificio, humildad y amor incondicional por la camiseta de su ciudad. Es la historia de un muchacho que un día soñó con ser futbolista profesional y terminó convirtiéndose en una leyenda viva de Linares. Hoy en este viaje a la nostalgia en Diario La Prensa, revivimos la épica de un grande.
¿Cómo nace su pasión por el fútbol?
“La verdad es que es una historia muy especial. Yo tenía 14 años y nunca había jugado un partido de fútbol. En mi barrio vivía Adolfo Águila, un jugador de Lister Rossel que jugaba de lateral izquierdo. Un día estábamos en una canchita y me pateó un penal. El tiro iba clavado al ángulo… y yo volé, la saqué y caí abrazado a la pelota. Él quedó muy sorprendido y me preguntó: ‘¿Y tú dónde juegas?’ Le respondí: ‘No, yo nunca he jugado en ninguna parte’. Entonces me dijo algo que jamás olvidé: ‘Lo que hiciste es de un profesional’. Yo le respondí que para mí no era difícil hacerlo. Y él, con mucha seguridad, me dijo: ‘Tú tienes que ser jugador profesional’. Esas palabras me marcaron profundamente. A esa edad uno no sabe bien cómo enfrentar la vida. Pero desde ese momento cambió mi forma de mirar el futuro. Me lo propuse con toda el alma: ‘Voy a ser futbolista profesional’.
¿Qué vino después de esa promesa personal?
“Empecé a ir a ver los entrenamientos de Lister Rossel. Me fascinaba todo lo que hacían. Entonces comencé a practicar solo, con mucha motivación. Después me inscribí en un equipo que se llamaba ‘Los Chicos Malos’ de la población Linares. Lo dirigía Mario Medina, quien fue después entrenador de la selección amateur de Linares. Allí me aceptaron, porque en otros clubes me cerraron la puerta al saber que nunca había jugado. Pero cuando empecé a jugar, todo cambió. Fui la revelación de la liga. De ahí pasé a la juvenil de Lister Rossel. También costó que me aceptaran, porque yo era más bajo que los otros arqueros. Sin embargo, una vez adentro, todo fue muy rápido: jugué cuatro partidos en la juvenil y luego pasé al primer equipo. Tenía apenas 16 años”.
¿Cómo fue compartir camarín con jugadores adultos y con los ídolos que usted admiraba?
“Fue algo muy emocionante. De pronto me encontré compartiendo con jugadores que yo admiraba desde niño, como: Arredondo, Gastón Parada y Ángel Cabrera, entre otros. El grupo me recibió muy bien. Me apoyaron mucho y me ayudaron a crecer. Fue una forma muy hermosa de empezar este camino”.
¿Cómo llega el momento soñado de debutar en el fútbol profesional?
“Fue en Coquimbo. Yo tenía como compañero a Luis Castro, un gran arquero y una gran persona. Éramos muy amigos. Recuerdo que íbamos viajando y él me dijo: ‘¡Vas a jugar en Coquimbo!’. Yo me sorprendí y le respondí: ‘¿Cómo voy a jugar, si está jugando usted?’. Entonces me dijo algo que demuestra la clase de persona que era: ‘¡Yo quiero que debutes! Yo ya no tengo nada que demostrar. Ahora te toca a ti mostrar lo que eres capaz de hacer’. Jugó el primer tiempo… y después se hizo el lesionado. Así pude entrar yo en el segundo tiempo”.
¿Cómo fue ese debut?
“Soñado. Siempre se habla del sueño del delantero que entra y hace el gol. Lo mío fue distinto: evitar un gol. Recibí un remate que iba directo al ángulo contrario. Volé de palo a palo y logré sacarla. Fue algo inolvidable. Mis compañeros me abrazaban y la gente estaba de pie aplaudiendo. Sentí que algo grande estaba comenzando”.
¿Ese momento marcó definitivamente su carrera?
“Sí. Debutar con 17 años en el fútbol profesional era un sueño cumplido. Me dio mucha confianza. El siguiente partido, en Linares, le ganamos 1-0 a Colchagua. Después empatamos 0-0 con Santiago Morning como visita. Mantener el arco invicto en dos partidos siendo tan joven era algo muy importante para mí”.
Usted hizo prácticamente toda su carrera en Linares y Lister Rossel, pese a tener ofertas de otros clubes.
“Sí, estuve 11 temporadas. Me encariñé profundamente con el club, con la institución, con la gente y con mis compañeros. Tuve ofertas de Deportes Concepción y Antofagasta, entre otros. Me ofrecían contratos, estudios, casa… y yo no entendía mucho de qué me hablaban. Todo era nuevo para mí. De la noche a la mañana aparecí en un equipo profesional, y de pronto empezaron a llegar llamados de otros clubes. Pero al final nunca me fui. Me quedé en Linares”.
¿Es un motivo de orgullo haber jugado siempre en su ciudad?
“Sí, muchísimo. Vivimos momentos buenos y también difíciles. A veces llegaba el sueldo y otras veces no, pero nosotros siempre estábamos ahí. Incluso con lesiones, nunca dejamos de enfrentar los partidos. Siempre jugamos por la camiseta”.
El 20 de junio de 1981 usted quedó en la historia del fútbol chileno al marcar un gol de arco a arco. ¿Cómo recuerda ese momento?
“Fue uno de los momentos más emotivos de mi vida. Había tenido algunas señales antes. Contra San Antonio hice un despeje que pasó sobre el travesaño, y en El Salvador ocurrió algo parecido. Pero el gol llegó frente a Huachipato. No fue algo que buscara. En ese partido nos habían expulsado a nuestro goleador, Patricio Bonhomme, y además estaba lloviendo mucho. Luis Pacheco me devolvió una pelota de cabeza. Yo estaba en el área chica del arco de calle Rengo. Le pegué con toda el alma, tratando simplemente de mandar la pelota lo más lejos posible. Vi cómo la pelota empezó a pasar por encima de todos: compañeros, rivales… hasta que cayó entre el arquero Francisco Fairlie y la defensa. Con el bote, se levantó y terminó entrando. Me quedé esperando la decisión del árbitro, porque sabía que el gol valía. No era un saque de fondo. El primero que llegó a abrazarme fue Jorge “El Turco” Aburman, que corrió casi toda la cancha gritando: ‘¡El gol del año! ¡El gol del año!’. Yo estaba muy nervioso. Era algo impactante. Sentía como si estuviera tocando las estrellas. Ese día ganamos 4-3. Y en ese mismo partido Ricardo Lee, marcó un gol olímpico. Fue una jornada inolvidable”.
Ese gol lo instaló en la galería histórica de arqueros que marcaron de arco a arco.
“Lo tomo con mucha humildad. Siempre doy gracias a Dios por eso. Todos los que jugamos fútbol soñamos con dejar algo. Y ese gol, de alguna manera, fue lo que me tocó a mí dejar en la historia”.
¿Se siente parte de la historia de Linares?
“La gente me lo hace sentir así. Y lo agradezco profundamente. Que alguien todavía se acuerde de uno a estas alturas de la vida, por algo que hiciste hace tantos años, es algo muy emocionante. Por eso le agradezco a Ud. y a Diario La Prensa, por aun acordase que existo”.
¿Qué enseñanza de vida le dejó el fútbol?
“El fútbol fue una escuela de vida. Me formó como persona, junto con los valores que me enseñó mi madre. Aprendí mucho de dirigentes, compañeros y entrenadores. Recuerdo con especial emoción a Tucapel Bustamante Lastra, de quien aprendí valores y principios que me ayudaron a enfrentar la vida. Siempre escuché sus consejos con mucha atención. Era una persona muy sabia”.
¿Cómo recuerda la etapa de “Los Toros de Linares”?
“Fue una época muy especial. Jaime Campos se hizo cargo del equipo junto al preparador físico Darío de la Fuente. Formaron probablemente el mejor equipo de Linares en mucho tiempo. Salíamos a trotar por las calles y hasta íbamos al matadero a tomar ‘ñache’. Estábamos convencidos del proyecto, creíamos en lo que nos decía. Mis mejores recuerdos para Jaime Campos, él fue fundamental para formar ese equipo que dejó huella”.
¿Y cómo vivía los clásicos frente a Rangers?
“Eran partidos muy especiales. Siempre había una motivación extra. Nosotros queríamos ganarles a ellos y ellos a nosotros. Creo que muchas veces celebramos más nosotros que ellos. Recuerdo especialmente un partido por Copa Polla Gol en Talca, en una tarde muy lluviosa. Les ganamos 2-1 en tiempo adicional y los eliminamos, eso fue el año 81. Es uno de esos recuerdos que el fútbol te regala y que se quedan para siempre en el corazón”.



