¿Qué fue de tu vida Larry Aliaga?

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En sus primeros años en Curicó Unido, el joven lleno de ilusión.

POR HÉCTOR ORELLANA ABACA

Hay historias que no caben en una estadística, que no se miden en goles ni en títulos, y que tampoco se borran cuando el último pitazo anuncia el final. Son historias que siguen caminando por las calles del barrio, que vuelven al estadio en forma de recuerdo y que se sientan en la sala de clases a enseñar valores, esfuerzo y dignidad.

La de Larry Aliaga es una de esas historias. Antes de ser jugador profesional, fue un niño de Romeral que corría detrás de una pelota sin imaginar que algún día vestiría la camiseta que representaba a toda una ciudad.

Antes de los estadios llenos, estuvieron los potreros, el frío de la mañana y la ilusión intacta. Antes del aplauso, estuvo el sacrificio silencioso. Y antes del reconocimiento, estuvo el compromiso inquebrantable de nunca traicionar sus sueños.

Hoy, cuando el tiempo ha pasado y el fútbol ya no se juega con los pies, sino con la memoria, su nombre sigue despertando respeto. Porque no todos llegan, pero menos aún son los que permanecen. Porque hay jugadores que pasan por un club, y otros que se quedan a vivir para siempre en su historia.

Esta entrevista no es solo un repaso de su carrera, es un viaje al niño que soñó, al joven que luchó, al hombre que cumplió metas y al educador que hoy devuelve a su tierra todo lo que el fútbol y la vida le regalaron. En esta sección dominical de Diario La Prensa, aquí está la historia de Héctor Hernán Larry Aliaga Urquiaga, o simplemente, Larry Aliaga.

¿De dónde es usted y cómo llega al profesionalismo?

“Nací el 1 de octubre de 1965, y hoy, con 60 años, miro hacia atrás con gratitud y emoción. Soy oriundo de la comuna de Romeral, una tierra sencilla, de esfuerzo y de gente trabajadora, donde crecí entre potreros, calles de tierra y una pelota que siempre fue mi mejor compañera. Mis primeros sueños nacieron ahí, en el barrio, jugando fútbol rural, defendiendo los colores del club del sector y luego siendo parte de las selecciones de Romeral, Molina y Curicó. En esos años uno no soñaba con grandes contratos ni fama; soñaba con jugar, con ponerse una camiseta y representar a los suyos con orgullo. El fútbol era una ilusión, una forma de vida, una esperanza. En 1983, cuando llegué a los cadetes de Curicó Unido, sentí que ese sueño infantil comenzaba a tomar forma. Un año después, en 1984, se me dio la oportunidad de integrar el plantel profesional. Debuté con solo 19 años, en defensa, frente a Súper Lo Miranda, en un partido inolvidable que ganamos 4-3, con goles de Luis Martínez e Ivo Basay. Ese día confirmé que los sueños, cuando se persiguen con sacrificio y convicción, pueden cumplirse”.

¿Su trayectoria antes y después del profesionalismo?

“Antes de llegar al profesionalismo, mi camino fue el del fútbol amateur y rural, donde se aprende a jugar con el corazón. Luego vinieron los años como cadete y jugador profesional de Curicó Unido (1983-1990), etapa que marcó profundamente mi vida. Mientras jugaba, entendí que el fútbol podía terminar en cualquier momento, por eso tomé una decisión muy importante: estudiar Educación Física en la Universidad Católica del Maule, entre 1986 y 1990. Fue un sacrificio enorme, compatibilizar estudios y entrenamientos, pero era una meta clara: prepararme para el futuro. En 1991 jugué en Audax Italiano, y en 1992 llegué a Ñublense, club donde permanecí cinco años. Allí viví momentos inolvidables: el título de Tercera División en 1992, y en 1995, una histórica participación en Copa Chile, donde derrotamos a Colo Colo y alcanzamos las semifinales, cayendo ante Universidad Católica. Posteriormente defendí las camisetas de Linares (1997) y Universidad de Concepción (1998). Luego regresé a Curicó, esta vez desde otro rol, como preparador físico en la Cuarta División de Orilla de Martínez y más tarde en Curicó Unido en Tercera División, por dos años”.

¿Qué significó haber jugado en Curicó Unido en tiempos difíciles, donde el amor por la camiseta estaba por sobre todo?

“Jugar en Curicó Unido fue mucho más que una etapa deportiva; fue una escuela de vida. Fueron años marcados por alegrías, pero también por muchas dificultades, especialmente en lo económico. No había lujos, muchas veces faltaban condiciones básicas, y, aun así, jamás faltaron las ganas. En esos tiempos, el amor por la camiseta y por la ciudad pesaba más que cualquier adversidad. Cada entrenamiento, cada partido, era una muestra de compromiso y pertenencia. Éramos conscientes que defendíamos no solo un club, sino el orgullo de toda una comunidad. Eso forja carácter, humildad y una lealtad que se lleva para siempre”.

Usted fue un jugador muy querido.

¿Siente que su entrega fue reconocida?

“Durante los años que jugué en Curicó Unido, entre 1984 y 1990, sentí el cariño y reconocimiento de la gente. Pero curiosamente, ya retirado, ese afecto se ha hecho aún más fuerte. Hoy, cuando excompañeros, dirigentes, periodistas y especialmente los hinchas se acercan con una palabra, un recuerdo o un abrazo, siento que el esfuerzo valió la pena. Recientemente, en un acto de reconocimiento de ‘Los Marginales’ junto a varios exjugadores, viví un momento muy especial. Fue una inyección anímica, un premio al sacrificio silencioso de tantos años. Además, haber mantenido durante más de 30 años el récord de partidos jugados, con 232 encuentros, no es solo una cifra; es el reflejo de la constancia, la disciplina y el amor por el club”.

¿Y qué nos puede decir del fútbol como herencia y vocación?

“Desde 1998, comencé a ejercer mi profesión como docente en Curicó, en distintos establecimientos de la educación pública, además de trabajar como profesor en los Supermercados Líder hasta 2013. En 2014, la vida me regaló la posibilidad de volver a mi querido Romeral, la comuna que me vio partir lleno de sueños y a la que regresé con experiencia y aprendizajes. Trabajé en Los Queñes, luego en el Liceo Arturo Alessandri Palma, más tarde en la Escuela Arturo Alessandri Palma, y hoy tengo el honor de desempeñarme como director de la Escuela América Latina. Esta etapa representa una de mis mayores metas cumplidas: formar personas, educar desde los valores y devolverle a mi comunidad todo lo que me entregó”.

¿Qué recuerda de los clásicos con Rangers?

Los clásicos frente a Rangers eran partidos aparte. El estadio lleno, la ciudad paralizada y una tensión que se sentía desde días antes. Como volante de contención, muchas veces me tocó marcar a Pablo Prieto, y vivimos anécdotas que hoy se recuerdan con una sonrisa. En Talca, tras un córner a favor de Curicó, saltamos a cabecear y chocamos nuestras cabezas en el aire. Caímos inconscientes y fuimos directo al hospital. Luego, en Curicó, otra vez un córner, otro choque: él con un corte en la frente, yo en el codo. Nuevamente al hospital. Ambas situaciones ocurrieron antes de los cinco minutos de juego, por lo que prácticamente no alcanzamos a jugar… cosas del fútbol y de los clásicos, que se viven con el alma”.

¿Cómo ve hoy a Curicó Unido?

“Curicó Unido ha vivido altos y bajos. Hace poco estuvo en Copa Libertadores, y en las últimas temporadas ha debido luchar por mantenerse. Para este 2026, se percibe un ambiente distinto, con dirigentes experimentados y un proyecto serio junto al técnico Damián Muñoz. Mi deseo, como exjugador e hincha, es que el club vuelva a Primera División, al lugar que merece por historia y por gente”

En lo emocional, ¿qué le dejó el fútbol?

“El fútbol me lo dio todo: recuerdos imborrables, viajes, alegrías, amigos que son familia y una profesión que ejerzo con orgullo hace 28 años. Me enseñó a caer y levantarme, a luchar por los sueños y a entender que las metas no siempre se miden en trofeos, sino en el impacto que uno deja en los demás”.

Hoy, mirando hacia atrás Larry Aliaga, siente que muchos sueños se cumplieron. No todos fueron fáciles, pero todos valieron la pena. Se despide agradeciendo profundamente este espacio, que después de tantos años alguien se detenga a escuchar una historia que emociona y dignifica. El fútbol pasa, la vida continúa, pero el cariño de la gente y los valores aprendidos quedan para siempre, porque hay historias que no envejecen y hay nombres que el de Larry Aliaga, que, con solo mencionarlo, todavía hace temblar el corazón.