¿Qué fue de tu vida, Pablo Helmo Mardones?

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POR HÉCTOR ORELLANA ABACA

CURICÓ. Hablar de Pablo Helmo Mardones en Curicó, es hablar de cariño, respeto y memoria viva. Es nombrar a un histórico de Curicó Unido, un defensa talentoso, valiente y leal que dejó huella no solo en la cancha, sino también en el corazón de una ciudad entera. En Curicó no es Pablo: es Pablito. El ídolo cercano, el amigo de todos, ese que -como en la canción de Roberto Carlos- parece tener un millón de amigos y un millón de afectos más.

Pablito camina por su tierra con la tranquilidad de quien hizo las cosas bien. Un hombre educado, correcto, sincero, que nunca necesitó levantar la voz para hacerse grande. En las calles lo saludan, lo abrazan, lo recuerdan; y cuando va a comprar, muchos ni siquiera quieren cobrarle, porque en Curicó hay personajes que no se pagan con dinero, sino con gratitud.

Su historia es un viaje hermoso a la nostalgia. A esos años duros y a la vez luminosos del fútbol chileno. A un Curicó Unido que lo vio nacer, crecer y convertirse en parte de su identidad.

En esta entrevista con Diario La Prensa, Pablo abre su alma para volver a caminar por aquellas canchas de tierra, aquellos vestuarios fríos, aquellos sueños enormes… y esos días en que el fútbol, simplemente, lo era todo.

¿Cómo se inicia tu pasión por el fútbol?

“La pasión empezó cuando era tan solo un niño. Mi hermano se ponía al arco y yo remataba una y otra vez, hasta que caía el sol. Jugábamos sin parar, sin cansancio, sin tiempo… como solo se juega en la infancia. Le pegaba con ambas piernas, y sin darme cuenta me volví ambidiestro. Por el trabajo de mi papá vivimos un tiempo en Ovalle, muy cerca del estadio. Yo me escapaba a los entrenamientos de Deportes Ovalle. Miraba desde la reja, con los ojos muy abiertos, a Gustavo Huerta. Me impresionaban su elegancia, su calidad, su manera de mandar dentro de la cancha. Para mí no era solo un jugador: era un ejemplo, un sueño posible. Años después volvimos a Curicó, mi tierra. Allí empezó realmente mi camino. Un dirigente de Alianza fue a hablar con mi padre para pedir permiso para que yo jugara. Aún recuerdo esa escena… fue el primer gran paso. Yo solo quería jugar. Quería ser futbolista profesional, y trabajé cada día para que eso sucediera.

El fútbol me dio más de lo que soñé. Siento, de verdad, que nací para esto. Terminé cuarto medio y sabía que mi destino estaba en un estadio, en una cancha. Ese siempre fue mi hogar.”

¿Cómo se da tu llegada a Curicó Unido?

“Me vieron jugar. Me recomendaron. Alguien creyó en mí. Eso ya es un regalo. Ingresé a las cadetes de Curicó Unido y pasé por todas las divisiones, cada categoría, cada etapa, hasta llegar al primer equipo. Mi debut fue en 1986. Un día que se grabó en mi alma. Se cumplía mi sueño de niño, ese por el que tantas veces recé de rodillas pidiéndole a Dios una oportunidad. Y Él me la dio. Y yo la tomé con el corazón completo. Ese año fui el primer cadete en llegar al primer equipo y además fui elegido el mejor lateral del Ascenso. No podía pedir más.”

¿Tienes buenos recuerdos del técnico de ese equipo?

“Muchísimos. El técnico era Carlos ‘Pluto’ Contreras, nada menos que un mundialista del 62 e integrante del Ballet Azul. Aun así, con toda su historia, me trataba como si yo fuera un hijo. Me cuidaba, me guardaba postres, se preocupaba de mi alimentación porque yo era bajito y muy flaco -pesaba apenas 56 kilos-. Era un hombre que sabía motivarte desde el alma. Me dio confianza, me enseñó que con sacrificio y disciplina podía llegar lejos. Yo le creí. Era el primero en llegar a entrenar, siempre dispuesto a dar más de lo que me pedían. No daba el 100%, daba el 200%. Sabía que mi destino dependía de mí y de nadie más.”

¿ Y qué viene después?

“Tras mi debut, donde me pusieron ‘el relojito’ por lo bien que andaba, me llamó Roque Mercury desde Temuco para la temporada 87. También se fueron Roberto Ortiz e Iván Aranís. Ese año fuimos campeones del torneo de apertura, un recuerdo hermoso.

En Curicó ganaba 18 mil pesos; en Temuco 300 mil. Era otra realidad. Incluso se comentó que en una asamblea los socios reclamaron por qué ganaba tan poco, siendo uno de los jugadores más regulares del plantel.

En 1988 renové con Temuco, pero a mitad de temporada tuve que rescindir por temas económicos. En el 89 volví a Curicó, y en el 90 pasé a Rangers, jugando el torneo de apertura, ya que Sergio Gutiérrez, me lleva a Ñublense, donde estuve hasta 1994. Ese año decidí retirarme de la actividad profesional. Era tiempo de nuevos horizontes.”

¿En Curicó las viviste todas, Pablo?

“Sí. Y lo digo con orgullo. Siempre fui leal a la camiseta, al escudo, a la gente. Nunca pensé en rendirme, ni siquiera en los momentos más duros, cuando literalmente no había nada. No había plata para la comida, faltaba la indumentaria, a veces ni balones teníamos.

Igual salíamos a la cancha. Igual dábamos pelea. Me daba vergüenza por los muchachos que venían de fuera, quienes llegaban con ilusiones y se encontraban con una realidad muy cruda. Por eso, cuando el club creció, cuando se consolidó institucionalmente, cuando llegó a jugar una Copa Libertadores… créeme que lo viví con una alegría inmensa. Porque sé lo que costó. Porque yo estuve ahí, en los días tristes, en los años de puro sufrimiento.”

¿Qué significó su paso por Rangers?

“Para ser honesto, nunca pensé jugar en Rangers. La rivalidad era fuerte. Pero el destino manda. Y cuando llegué, tenía miedo de cómo me iban a recibir, siendo curicano.

Y la verdad… me recibieron con respeto y cariño. Como un compañero más. Pablo Prieto, Víctor Corrales… grandes personas, grandes amigos. Víctor incluso se integró al Club 21 de Mayo en forma posterior, acogiendo mi invitación a ser parte de este club. Mi paso por Rangers fue corto, pero lleno de humanidad y de buenos recuerdos.”

¿Un recuerdo inolvidable de tu vida en el fútbol?

“Uno de los más grandes fue cuando llenamos el estadio La Granja. La U había descendido y jugaba su primer partido en el Ascenso. Llegaron con todas sus figuras… y les ganamos. Nosotros no teníamos ni para comer, pero garra teníamos para regalar. Ese partido fue pura emoción, pura entrega. Otro recuerdo muy especial fue en 2003, cuando ya estaba en el cuerpo técnico de Curicó. Por emergencia me tocó dirigir un partido. Ganamos… y sentí que la vida me regalaba un momento más para atesorar.”

¿Cómo es tu presente, Pablo?

“Hace 29 años que formo parte del Club 21 de Mayo de la Asociación de Fútbol de Curicó. Estoy a cargo de las escuelas de fútbol. Es una labor que me llena el alma. Enseñar, acompañar, formar, compartir lo aprendido… eso me hace profundamente feliz. El club es una institución ejemplar, con organización, con valores y con un fuerte compromiso social.

En lo personal, mi vida está bendecida. Vivo mis días acompañado por mi hija Karina, que es psicóloga. Y tengo dos nietos maravillosos: María Jesús, de ocho años, y Simón, de cuatro. Son mi alegría diaria, mis tesoros más grandes. Todo lo que soy, se los doy a ellos.”

LEGADO

Después de escuchar a Pablo Helmo, uno entiende por qué ciertos nombres no se borran jamás. Pablito no solo fue un defensa extraordinario; fue coraje, fue entrega, fue humildad pura. Fue -y sigue siendo- el reflejo de un Curicó que lucha, que se levanta, que sueña incluso cuando no tiene nada.

Su vida es un recordatorio hermoso de que la grandeza no siempre se mide en títulos o estadios llenos, sino en como se camina por la vida, en la lealtad a los colores, en la gratitud de la gente, en la sonrisa que se regala sin esperar nada a cambio.

Mientras el corazón de Curicó siga latiendo al ritmo del fútbol, Pablo Helmo no será nunca un recuerdo: será un legado. Un ejemplo. Una emoción que no termina.