La pandemia y los “aforos”…

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Desde el pasado mes de marzo del presente año, prácticamente todas nuestras actividades sociales, familiares, económicas, laborales y de todo orden, están demarcadas, restringidas y limitadas por la crisis sanitaria que derivan de la pandemia del nefasto Covid-19.
Si bien todos, o la mayoría, conocíamos la palabra “aforo”, hasta el año pasado ese término se limitaba más bien al ámbito deportivo, para precisar la capacidad de los estadios para acoger a los espectadores e hinchas en general.
Pero, una vez decretada la pandemia, casi no hay locales -del más diverso tipo- en donde no se aplique el “aforo” y así saber, por ejemplo, cuántas personas pueden entrar a cualquier negocio , servicio público, consultorios y un largo etcétera.
Los ejemplos suman cientos o tal vez miles: dos personas en el bazar o almacén de “puestos varios” del barrio; diez en la farmacia; de a dos en una notaría; cincuenta clientes en un gran supermercado y, por supuesto, con la mascarilla imprescindible, la toma de temperatura, más el consabido chorrito de alcohol-gel o amonio cuaternario.
Es cierto que en todos estos meses hemos debido ir acostumbrándonos y adaptándonos al “modo pandemia”…pero hay una instancia en que este “nuevo orden” nos provoca un dolor particular que roza con la pena y la impotencia.
Y eso tiene que ver con el fallecimiento de un ser querido que ya de por sí tiene un tinte dramático y trágico.
Ya desde la jornada misma de los velatorios, el número de familiares y amigos íntimos está restringido a un mínimo que nos suena a “segregación” y lo peor es al día siguiente, cuando se oficia la misa fúnebre. Apenas dos personas por cada banca y, a la hora de la comunión, quienes no comulguen deben permanecer sentados y los que recibirán la hostia se pondrán de pie para recibirla de parte del oficiante que la entrega en las manos de los feligreses.
Y por último en el cementerio, también el acceso está sumamente restringido, limitándose más que nada a los familiares directos.
Es en circunstancias como las descritas en que echamos tanto de menos la vieja y ahora añorada “normalidad” y  soñamos -con esperanza y fe- que este ciclo amargo que debe vivir la humanidad en su conjunto, tenga un término no muy lejano.
Roguemos por eso…