Viejos, pobres y resignados…

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Editorial

Es un tema penoso, conmovedor y recurrente… y, aunque no debería ser soslayado por una sociedad que se dice solidaria, empática y comprensiva, se mantiene como una constante y hasta cruel realidad.

Recientemente, en estas  mismas líneas editoriales, hablábamos del trato que le damos a nuestros ancianos y de lo diferente que somos los chilenos respecto de los japoneses, por ejemplo, en cuya cultura milenaria, la consideración y respeto a sus adultos mayores es digna de admiración y debiera servirnos de ejemplo.

Aunque la mayor parte de la comunidad nacional no lo sepa (o no le importe) suman decenas los trabajos de investigación y estudio acerca del envejecimiento en Chile; una situación que atraviesa por múltiples desigualdades que deben soportar miles de senescentes. 

Estos trabajos e investigaciones -que en su mayoría se desarrollan en el ámbito de las universidades- permiten evidenciar la presencia de diferentes expresiones de maltrato hacia estos adultos mayores, fundamentalmente de tipo psicológico, donde la condición de género y vejez junto a otras como la convivencia con familiares; el nivel socioeconómico y educacional, amplifican la reproducción de desigualdades persistentes.

Por otra parte, enfrentados ahora al ambiente derivado de la pandemia por el Coronavirus, suman muchos más los casos de ancianas y ancianos pobres, vulnerables, postergados, sufrientes y resignados.

Estimamos oportuno hacer notar que en varios negocios y hasta en amplios y modernos centros comerciales de nuestra Región del Maule no se aplican los debidos protocolos de atención preferente para los adultos mayores como, por ejemplo, disponer filas especiales para ellas y ellos y no hacerlos esperar hasta horas, de pie, en colas inmensas.

Hace muy poco, en uno de esos centros comerciales maulinos fue conmovedor el caso de un pobre hombre, ya casi nonagenario, que había esperado mucho tiempo en la larguísima fila y al no poder controlar los esfínteres se orinó en los pantalones y, avergonzado, tuvo que partir, sin haber podido comprar lo que necesitaba.

Situaciones tan extremas e impresentables como esta deberían hacernos reflexionar a todos, pero especialmente a quienes tienen en sus manos la forma de ayudar a las abuelas y abuelos, que ya han perdido el vigor de la juventud, pero que hicieron tanto por sus hijos, sus nietos y sus familias en general.