El año más hermoso de la historia: A 15 años de la “Revolución en La Granja”

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De la campaña 2004 siguieron Luis Rodríguez, Boris Aravena, Miguel Ábrigo, Rodrigo Sáez, Carlos Moreira, Damián Muñoz y Luis Santelices.

Memorias. Un 26 de junio Curicó Unido comenzó a disputar el campeonato de Tercera División 2005, aquel que terminaría como una epopeya. Hoy recordamos los inicios de ese proceso, con partes seleccionadas del primer capítulo del libro de Leonardo Salazar. 

Todo comenzó por el final. Y por un final triste, quizás el más triste de toda la historia. El 26 de diciembre de 2004 Curicó Unido se presentaba en Chillán, con la necesidad de sumar un punto para campeonar. Esa palabra, campeonar, que nunca se había enseñado –ni siquiera remotamente- en 31 años de vida. 

Aquella tarde estaba calurosa. Julio Ode había sufrido con la muerte de su padre tres meses antes, por lo que en aquel momento, el más trascendente en su corta carrera como presidente de un club, decidió que debía acompañarse por la ánfora con las cenizas de su querido viejo.

En cancha, el defensor Carlos Moreira sentía que viviría su revancha. Tras 370 días volvía a tener la chance de subir. Un año y monedas antes no había podido con Deportes Linares. “Pepei” no quería repetir las lágrimas de desolación, tal como Boris Aravena, que llevaba varios años en el equipo, sufriendo.

A 98 kilómetros al sur, en Concepción, el experimentado Eduardo Cortázar poco sabía del partido que cerraba la Liguilla de Tercera División.

MARCOLETA SUSPENDIDO

Para la jornada de cierre en Chillán, un empate bastaba. Luis Marcoleta, técnico que años después se titularía como el más exitoso en la historia albirroja, dirigía a Ñublense y estaba castigado. Intentaba ordenar a los suyos agazapado en el túnel.

“Don Julio: ‘No deje que se mueva de aquí Marcoleta ¡No deje!’”, gritaba Mario Muñoz, funcionario de esos que amaban al club con desgarro. (Q.E.P.D.).

“Me habían suspendido –asume al presente Luis Marcoleta- y tuve que ver el partido desde el túnel. En una de esas logré escapar de don Julio, de don Mario Muñoz y me puse detrás del arco. Ahí empecé a dar ciertas instrucciones”.

Última fecha de ese maldito 2004. 14.700 espectadores eran de Ñublense; 3 mil apoyaban a la visita. 

Curicó Unido abrió la cuenta a los nueve minutos, con gol de Rodrigo Sáez, tras tiro libre de Rodrigo Cáceres y pivoteo de Carlos Moreira. Iniciando el segundo tiempo, y tras un penal dudoso de Boris Aravena a Marcos Plaza, José Mardones anotó el empate.

Curicó entonces, con el 1-1, era campeón. Los forofos albirrojos que llegaron al viejo estadio de Chillán ya celebraban. Se jugaba el minuto 93. 

“Yo siento que la pelota era mía… ¡siento que la pelota era mía!”. 10 años después, Carlos Moreira se emociona como si estuviéramos de vuelta en esa calurosa tarde de diciembre de 2004.

Wladimir Herrera, un zaguero rústico de Ñublense, marcaría el gol más demoledor de la historia curicana. El tipo se sacó la camiseta, corrió a las gradas a festejar, se subió a la reja.  Ñublense 2, Curicó 1. Ambos empataban en puntaje y debían, dos días después, jugar una definición para determinar quién subía a Primera B.

Herrera recuerda: “Estaba con un calambre tremendo por el calor que hacía, era infernal. Me acuerdo que los Bomberos tuvieron que tirar un poco de agua a la gente que estaba al sol. Estaba completamente acalambrado y viene el centro de Mardones. Pivotea Elías Figueroa, que no sabía cabecear, no era su fuerte y la rozó y me quedó en el segundo palo. Le pegué, pegó en el palo y chocó en la espalda de Bravo… Antes, cuando recuperamos la pelota por el otro lado, yo recién me paré. Si la gente me puteaba, me decía que me parara y que me fuera al arco, estábamos en los descuentos”.

DEFINICIÓN

Desconsolado, el entrenador Jaime Nova lloraba como un niño en aquel camarín chillanejo. Si dos días después, en la final extra en Linares, sería el hombre fuerte que apachurraba a sus jugadores, en Chillán el DT lloraba abrazado de Mario Muñoz, el entrañable dirigente amigo suyo.

“Yo lo consolaba a él y él me consolaba a mí. Terrible. Yo estuve en Curicó en pensión, después en departamento, en casa en El Boldo y el único amigo que fue a todas mis casas fue Mario. Hablábamos del equipo, recorríamos las pensiones, el sueño de nosotros fue muy grande. Le gustaba ganar, ser ganador. Fuimos muy amigos. Sufrimos mucho cuando no subimos”. 

Azotados, angustiados, destruidos, los jugadores de Curicó Unido viajaron de inmediato a Linares, para concentrar. Quedaba el partido de definición.

La batalla en Linares se peleó pero en ese ring uno de los retadores parecía todavía estar en estado de shock, pese a los intentos de reanimación. Es como si Curicó hubiera intentado batallar con un brazo dormido.

Pitazo final y Nova solo atinó a bajar la cabeza. Lágrimas ya no le quedaban. Los jugadores lo mismo. Ode azotó contra el piso una silla roja de Coca Cola ubicada en la banca. 

“Todos lloramos. No solo los jugadores, la familia de los jugadores que estaban ahí. Creo que Curicó entero lloró, la gente que andaba y también la que lo escuchó por radio. Yo tenía mi hijo como de dos años y andaba con su mamá y estaba en la galería, quedó la escoba, yo preocupado de los cabros chicos. Yo creo que a la familia de todos los que estábamos en Curicó Unido también le afectó. Y nos costó sacarnos mucho tiempo eso de encima”, perpetúa Luis Figueroa. 

EL AÑO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA

El miércoles 29, a un día de la final perdida y a la hora fijada casi a modo de broma por los dirigentes, efectivamente Curicó Unido ya tenía la mitad de su equipo virtualmente asegurado para la temporada posterior.

Por la noche hubo un asado de despedida donde los jugadores llegaron con sus familias. A dedo, Nova marcó a los que seguían para el año siguiente. Algunos continuaron la jornada en la discoteca “Hakuna” y otros ya ese día comenzaron a firmar su extensión de contrato. 

A inicios de enero de 2005, antes de partir a su casa en Los Ángeles a tomarse un par de días de descanso, el mismo técnico Nova junto a su amigo, el dirigente Mario Muñoz, partieron a la población Óscar Bonilla de Santiago a buscar a un pequeño volante de la U, que debía ser el eje del equipo y que era intratable dentro y fuera de la cancha: Daniel Briceño Jalabert. Sería el inicio del año que cambió la historia.