Burocracias amables y de las otras

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Todos los ciudadanos de un país, en algún momento de sus vidas tendrán que pasar por los complejos, desagradables pero inevitables trámites que forman parte de la vida en sociedad.

Deben ser poquísimas las personas (incluyendo a los propios empleados que trabajan en las redes administrativas y de directo contacto con la gente) que sepan quién fue Max Weber a quien se podría definir como el “padre de la burocracia moderna” puesta en movimiento y aplicación práctica a comienzos del Siglo XX.

A menudo, el trato que reciben los “usuarios” en las oficinas de la administración pública, deja mucho que desear y justamente el propósito de estas líneas es representar la legítima molestia de gente sencilla, común y corriente, pero respetuosa de las leyes y que se siente a veces ofendida y hasta humillada por funcionarios (as) que trabajan en el entramado burocrático; un escenario humano que con frecuencia se parece mucho al viejo juego infantil del “compra huevos”.

Por supuesto no todos los hombres y mujeres que desempeñan estas funciones detrás de un  escritorio, tienen un trato frío, impersonal y hasta prepotente; hay muchos servidores que son amables, atentos, serviciales y que hacen todo lo posible por solucionarle los problemas a la gente y particularmente a aquellas personas de la tercera edad, con poca educación formal y por lo general tímidos y reservados.

La burocracia es el conjunto de los servidores públicos, aunque el término tiene una connotación negativa y suele entenderse por burocracia a la administración ineficiente por el papeleo y las formalidades y a la influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos.

El término “burocracia” ha pasado a formar parte del lenguaje cotidiano; preferentemente se le usa en el ámbito de las organizaciones públicas que constituyen al Estado, olvidando que las burocracias, en cualquiera de sus sentidos, operan también en el sector privado.