El que esté libre de pecado…

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En un pueblo de profunda vocación cristiana como es Chile, no es de extrañar que, en muchos aspectos de la vida social, grupal y familiar, se mantengan algunas observancias que no son propiamente “celebraciones” litúrgicas, pero que están relacionadas con ciertos episodios de la Biblia.

El Día de los Inocentes de cada 28 de diciembre, comenzó como la fiesta católica de los “niños inocentes”, en conmemoración a la matanza de todos los menores de dos años ordenada por Herodes al enterarse que había nacido el Mesías.
Muchos estudiosos dudan de la “historicidad” del relato en el sentido moderno del término y que se suele considerar una re-elaboración de otras narraciones del Antiguo Testamento.

Si recurrimos a las fuentes de la Real Academia Española de la Lengua y buscamos la palabra “inocencia” nos encontraremos con una larga lista de acepciones y una de las primeras se refiere a la “condición del que está libre de culpa o de pecado”, pero hay otras que hablan de: “Falta de malicia, de mala intención o picardía y también: ingenuidad; candidez; candor; pureza; virginidad y sencillez”.

Y todas esas definiciones van dejando como los únicos poseedores de tales virtudes a los niños, a todos esos seres de corta edad y que aún no están “contaminados” con esa maldad que, desde los albores de la humanidad, pareciera estar presente en todas las razas.

Si quisiéramos hacer una analogía de este tema tan controversial de la inocencia, con lo que está ocurriendo en nuestro país, tendríamos que reconocer –con no poca pena y vergüenza– que han sido muchas las “primeras piedras” que han sido y son lanzadas por quienes no solamente no están libres de pecado sino que tampoco demuestran ningún sentimiento de culpa.
De algún modo solo podría hablarse de inocentes, respecto de aquellas personas que, buscando expresarse pacíficamente y sin haber incurrido en ninguna falta, han resultado afectados por la represión.