Los vitales puntos de equilibrio

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No se trata de ser fatalista ni de tener una mirada permanentemente pesimista sobre la convivencia humana y social en Chile, pero de vez en cuando es oportuno echar una larga y profunda mirada a nuestra historia para darnos cuenta que nunca realmente hemos logrado un equilibrio perfecto ni tan positivo que nos haga sentir cómodos y tranquilos a todos por igual.
Hay trabajos de estudios e investigaciones antropológicas que dan a entender claramente que, incluso desde antes de la llegada de los españoles, la convivencia entre las distintas etnias aborígenes que habitaban el largo territorio que hoy llamamos Chile, no era muy pacífica que digamos y esa es una verdad aunque haya muchos que prefieran soslayar.
Y tras ser sometidos por los colonizadores, el trato no fue para nada mejor y los indios (y posteriormente mestizos) solamente encontraban algo de contención y un alivio básico en los primeros sacerdotes evangelizadores que venían con las tropas hispanas.
Fue así como nacieron, por ejemplo, los términos “conventillo” y “conventilleros (as)”, derivados, por cierto, de la palabra “convento”.
Si bien es cierto las cosas fueron mejorando lentamente con el paso de las décadas y los siglos y luego se gestó una cierta unidad nacida de la propia república que nos identifica como pueblo libre y soberano, las desigualdades e injusticias siguieron existiendo y la historia está ahí para comprobarlo a través de rebeliones, revoluciones, golpes de estado y estallidos sociales.
Pero, así y todo, hemos logrado superar cada episodio –por largo y doloroso que haya sido– y también las agoreras tragedias telúricas que marcan a nuestro destino como nación.
¿Cómo lo hemos hecho? Tal vez no nos detenemos a analizarlo y tampoco hay una receta mágica. Simplemente hemos encontrado los vitales puntos de equilibrio, más la infaltable cuota de sentido común y finalmente la necesidad consciente de vivir en una paz razonable y sana.